domingo, 27 de septiembre de 2020

El poder de mirar atrás

    Tomás se dio cuenta, un día cualquiera, de que podía mirar con los ojos del pasado.

    ¿Saben eso que se suele decir cuando uno vuelve a los lugares de la infancia? Frases como "antes, todo esto era campo", "cuánto ha cambiado todo" o "aquí había tal cosa" o "vivía tal persona" o "nos pasó esto" son habituales y se asocian a los recuerdos del narrador, esto es, a su memoria.

    Pues Tomás desarrolló la capacidad de ver sus recuerdos, con sus propios ojos, como quien observa el transcurrir presente.

    Un día cualquiera dobló la esquina de su barrio y vio el bar en el que su padre pasaba sus ratos libres, la tienda de golosinas a la que él mismo iba con frecuencia, las calles sin asfaltar, las fincas en el horizonte, los Seat 600, los niños jugando en plena calle y las señoras sacando las sillas a la puerta, a tomar el fresco. Cuando entre esos niños reconoció a algún amigo y, sobre todo, cuando vio a su madre hablando con la vecina, sintió que iba a llorar.

    Entonces, cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, todo volvía a estar rodeado de enormes edificios que se extendían a donde llegaba la vista, coches de última generación, gente que caminaba mientras miraba una pantalla e ignoraba a quien tenía al lado.

    Lejos de aterrarse por semejante experiencia, la consideró un don. A partir de entonces disfrutó, de tanto en cuanto, de unos minutos al día en el pasado, como mero espectador de una película ya vista. Le gustaba sentirse parte real de algo que ya no existía.

     Tanto le gustó, de hecho, que Tomás practicó cada vez más con sus nuevas capacidades. Cuando consiguió ver no solo su propio pasado, sino el pasado del mundo, concluyó que, definitivamente, no era una cuestión de memoria. Cuando pudo abrir los ojos y trasladarse a su antojo a cualquier momento y lugar de las décadas pasadas, comenzó a preferirlas al mundo actual. Cuando se vio transportado centenares de siglos atrás, las diversiones del mundo actual le parecieron banales y prescindibles. Cuando se decidió a dejar de ser un mero espectador e interactuar con personajes que ya consideraba fallecidos, lo raro era encontrar a Tomás en el presente.

    Cuando se acercó a su madre, habló con ella, cuando esta le dio permiso para comprar chuches y quedarse un rato más con sus amigos, Tomás se dio cuenta de donde estaba su lugar.

     Los ojos de Tomás, entonces, no quisieron volver a ver el presente. Sus ojos, sus oídos, su cerebro y su corazón estaban donde querían estar.