En aquellos tiempos en los que las mentes curiosas buscaban en la ciencia la respuesta a todos los enigmas del mundo que los rodeaba, en los que cualquier objeto curioso se convertía rápidamente en muestra de un gabinete de rarezas o de antigüedades, William Titus no dejó de ser, durante décadas, "una curiosidad andante".
Sucedió que, encontrándose el señor Titus departiendo amistosamente sobre temas banales con unos amigos, y mientras aspiraba su puro con la intención de alargar una pausa dramática y sorprender a sus interlocutores con un comentario ingenioso y audaz, de repente, y sin que nadie supiera por qué, se quedó sin palabras.
No es que se quedara mudo. William Titus no había perdido ninguna de sus facultades. Simplemente, no sabía qué decir, no llegaban a sus labios las palabras adecuadas. Él sabía que las palabras estaban ahí, en la punta de su lengua, así que comenzó una búsqueda desesperada que le llevaría doce años de su vida y que le haría entrar, no en un gabinete de curiosidades, pero sí en los anales de los hechos prodigiosos.
El señor Titus comenzó a chasquear los dedos mientras pedía a sus contertulios un poco de paciencia y comprensión. Estos, por supuesto, esperaron educadamente unos segundos, segundos que fueron minutos y que llegaron a ser horas. Ni la educada flema británica es capaz de soportar tanto, de modo que, al acercarse la madrugada, la reunión se fue disolviendo, mientras Titus se enredaba en una serie de muecas, arabescos, signos mímicos y sonidos breves que hacían indicar a todos que estaba a punto de solventar su amnesia temporal.
William Titus llegó a su casa, se miró la punta de la lengua en el espejo, buscó y rebuscó en su mente, se fue a dormir y se levantó a la mañana siguiente. Los gestos y toda la parafernalia continuaron de la misma manera, ese día y todos los días durante, repetimos, doce largos años.
¿Qué le pasó a William Titus? Probablemente nunca lo sabremos con certeza, como no llegaron a saberlo sus contemporáneos, que se acostumbraron a vivir con aquel señor de modales exquisitos pero al que no se le podía decir nada, pues estaba él a punto de decir algo que nunca, de hecho, terminaba de decir.
¿Conocen ustedes esa horrible sensación de que existe una palabra o una expresión que cuadra perfectamente con lo que están diciendo en un momento dado y, sin embargo, esta no acude a su mente y, por consiguiente, tampoco a sus labios? Pues ahora imaginen que esa sensación dura años. William Titus casó a sus dos hijas, compró y vendió propiedades e hizo todo tipo de negocios, fue llamado a filas y combatió en Austria con tan bravura que recibió una condecoración y, sin embargo, nunca pudo dejar de darle vueltas a aquellas palabras que había perdido en algún lugar de su mente.
Un día, doce años habían pasado desde aquella funesta reunión, y estando William Titus tomando una sopa, dio un grito que asustó a todo el vecindario. Había recordado las palabras de la discordia, y las repetía por doquier. En aquellos momentos, claro, ya eran palabras sin sentido y fuera de contexto, así que nadie las consideró especialmente ingeniosas.
William Titus, no obstante, se mostró tan eufórico por haberlas recordado que, tal vez para no volver a olvidarlas, no dejó de repetirlas durante el resto de su vida, que se convirtió, así, en un bucle en el misma expresión se usaba una y otra vez, como si esta fuera la clave de la existencia del mundo.
Y vivió varias décadas más el señor Titus, así que juzguen ustedes si el caso es, o no, sorprendente...
domingo, 20 de septiembre de 2020