Cuando ya se habían agotado todas las opciones, el protagonista de nuestro relato miró al diablo a la cara. Vio rasgos ya conocidos, perdidos en un pasado que parecía olvidado y que nadie hubiera querido volver a repetir.
- ¿Y bien? -preguntó este con aquella sonrisa de tipo elegante y seductor.
- ¿Tengo alguna otra opción?
- Eso míralo tú.
El diablo, ladino, tenía razón. Ese era mi problema. El tenía un producto y lo ofrecía. Era yo quien, "libremente", tenía que decidir si lo compraba o no.
- Sabes que lo tomo porque tengo que tomarlo, solo por eso. No te pido que apartes de mí ese cáliz porque no tengo otra cosa que beber.
El caballero elegante, entonces, se transformó en una fétida bestia que rugió:
- ¿Estás seguro? Piénsalo bien. Todos los pasos que has dado desde la última vez te han llevado a donde estás ahora. No los habrás dado a propósito, ¿verdad? Yo diría que te gusta relacionarte conmigo...
Maldije mi suerte y la clarividencia de mi interlocutor, porque, bajo aquella apariencia salvaje y cruel, latían razones que llegaban a los más profundos lugares del alma.
Pensé que, tal vez, estaba en lo cierto. Tal vez me gustaba tratar con el diablo. Y el astuto señor de las tinieblas me leyó el pensamiento.
- Tranquilo -me dijo. - A mí también me gusta tu compañía...
lunes, 7 de septiembre de 2020