Ayer me encontré con un amigo al que no veía desde hacía tiempo. Le vi cambiado, más pausado, más reflexivo, quizá, con ese poso que da la experiencia. Le pregunté qué había sido de su vida.
- Pues acabo de sobrevivir a una de las experiencias más traumáticas de mi vida, sinceramente -me dijo. - Mi vida era una balsa de aceite, te lo puedo asegurar, pero estalló una revolución y tuve que salir pitando. Allí se había instalado la anarquía en forma de matanzas indiscriminadas y ejecuciones públicas. He salvado la cabeza de milagro, qué quieres que te diga.
Sorprendido e impactado por tan inesperada información, no supe qué decir. Cuando uno le pregunta a alguien qué ha sido de su vida no espera que le cuenten novelas de aventuras, con un "nada especial" o con "aquí seguimos" suele ser suficiente. Mi amigo, desde luego, no era así.
Visto la confianza que había depositado en mí, pues hay que tener confianza en alguien para, por muy amigo que sea, y después de un tiempo si coincidir, confesarle que has estado a punto de perder la cabeza, me propuse interesarme por su historia.
- Vaya, pues me alegro de encontrarte aquí, sano y salvo. ¿Dónde estabas? ¿Dónde ha estallado esa revolución? No he oído nada en las noticias.
Mi amigo me miró con extrañeza y un cierto desagrado, como a quien, ignorante en un tema, hace una pregunta que, por obvia, parece estúpida y que, al mismo tiempo, condiciona el resto de la exposición.
- ¿Cómo que dónde estaba? En mi casa.
- ¿En tu casa? - pregunté con un temor creciente a que una revolución hubiera estallado en mi ciudad y yo ni me hubiera enterado.
- Pues claro, ha sido una revolución interior.
- ¿Dentro del país?
- Dentro de mí mismo.
Me explicó entonces lo que él entendía por "revolución interior" y que no era otra cosa que una alteración brutal de su estado de ánimo, un cambio en todos los órdenes, en la forma de ver el mundo, de saberse a sí mismo en él, de concebirse como un ente con vida propia, un noúmeno frente al fenómeno de la realidad.
Le dije entonces que sí a todo, le deseé lo mejor y nos despedimos. No curioseé más de la cuenta, así que me quedé sin saber cómo una revolución interior podía provocar matanzas indiscriminadas y ejecuciones públicas, al tiempo que ponía en peligro la cabeza del interesado. No me arrepiento de no haber solicitado más información. Si lo hubiera hecho, mi amigo se hubiera visto en la obligación de mostrármelo, y yo, sinceramente, no tenía, ni tengo, la menor intención de adherirme, ni siquiera verbalmente, a ninguna revolución que perturbe mi ánimo...
domingo, 18 de octubre de 2020