Era un tipo serio, pero era un buen amigo. Ya desde hacía años. Parecía uno de esos tipos que llevan un secreto a cuestas, que viven atormentados por dentro y disimulando por fuera.
Aquel día, sin embargo, lo encontré especialmente extraño. Cabizbajo, ausente, comunicándose con silencio o lacónicos monosílabos. Le pregunté qué pasaba, y entonces decidió confesar lo inconfesable.
Me dijo que le habían encargado un nuevo trabajo. Al principio, inocente de mí, pensé en algunas horas extra en la oficina, en una sobrecarga de papeleo que habría que aliviar el fin de semana. No tuve más que mirarle a la cara para comprender que el asunto era de otra índole.
No llegué a saber si se trataba de servicios secretos, o de una agencia privada de seguridad, o de matones a sueldo, o de simples mercenarios... el caso es que mi amigo se dedicaba a "eliminar" a gente indeseable. O, al menos, a gente que era indeseable para quien lo contrataba.
- Pero esto es diferente -me dijo. - Lo normal es eliminar a terroristas, mafiosos, traficantes, gente que ha delinquido y ha escapado de las manos de la justicia. Ahora no. Ahora tengo que eliminar a alguien que no ha cometido ningún delito... aún.
Le pregunté cómo podía eso ser así.
- No lo sé muy bien. Yo solo recibo órdenes. La verdad es que el tipo parece normal, inofensivo, pero me han dicho que es el apocalipsis en potencia. Lo han visto. No sé cómo, no me preguntes. Ni yo mismo quiero saberlo. Pero este tipo hará estallar en pedazos el mundo tal y como lo conocemos. Guerras, crueldad, barbarie, enfermedades, una civilización destruida hasta los cimientos. Eso dicen. Lo han visto. Lo saben. Así que tengo que asesinar a un tío que no ha hecho nada, pero que terminará por ser un azote mundial.
Sin salir de mi asombro, le pregunté qué iba a hacer.
- Qué quieres que haga. Mi trabajo. Me han dado una foto. Lo tengo localizado. No puedo negarme. No sé si lo que hago está bien. Tal vez esté actuando como un asesino sin escrúpulos; por otro lado, tal vez esté salvando a la humanidad de un destino aciago.
Sonreí levemente ante la ironía. Ahora entendía el modo de ser de mi amigo. Le pregunté, no obstante, sin ánimo de molestarle, por qué me estaba contando todo aquello. Por qué aquella repentina confesión. ¿No era algo prohibido en su gremio? ¿No tendría que matarme si me contaba más de la cuenta?
Por toda respuesta, el abrió su cartera y sacó una foto. La foto de su objetivo, de la que había de ser su víctima. Me la acercó. La miré.
Era una foto mía.
lunes, 24 de mayo de 2021