A lo lejos veía perderse el barco que le había abandonado en aquella isla. Lo veía alejarse, cada vez más, hasta convertirse en un punto en el horizonte, próximo a desaparecer.
Después de un rato contemplando el mar frente a él, comprendió que no tenía otra alternativa que dar media vuelta y afrontar su situación. A su espalda se extendía la superficie de una isla lo suficientemente grande como para contener en su interior innumerables sorpresas, lo suficientemente pequeña como para que un solo hombre pudiera dominarla.
Convenía despedirse de cualquier esperanza de volver a tener contacto con otro ser humano. Era necesario, pues, acostumbrarse a la soledad. Tal vez con el tiempo llegara a conseguirlo, incluso podría llegar a valorarla y hasta a desearla por encima de cualquier otra situación.
Tal vez en el futuro otros humanos llegarían a la isla y tratarían de entablar contacto con él. Tal vez él los rechazaría, solicitando con desesperación permanecer tan ignoto y olvidado del mundo como le habían dejado.
La idea le pareció sugerente. La isla sería su indiscutido territorio, su mundo; un mundo del que él sería dueño y señor. Era preciso, por lo tanto, comenzar el proceso de exploración y conquista.
Lamentarse, definitivamente, no tenía sentido. Quien posee un mundo entero no ha de tener motivos de queja.
viernes, 21 de mayo de 2021