El grupo escultórico de Laocoonte y sus hijos, por cierto, pasó casi veinte años en París, en el Museo del Louvre. Napoleón, vencedor de los ejércitos papales, reclamó como prenda del consiguiente tratado de paz más de un centenar de obras de arte vaticanas, que acabaron en la capital francesa.
Cuentan las fuentes que la llegada de estas obras fue acogida en París como todo un acontecimiento, con desfile incluido por una avenida que aún no tenía el nombre de Campos Elíseos, y en la que aún no se había construido el Arco del Triunfo.
Tras la derrota napoleónica, en 1815, el Laocoonte fue devuelto al patio del Belvedere en el Vaticano. Durante el camino de regreso, eso sí, el grupo escultórico sufrió un percance, una caída en la que se fracturó toda la parte inferior de la figura.
Duele imaginar la impotente escultura en tal estado de indefensión, sobre el suelo, quebrada, regresando a la tierra de la que había surgido en 1506.
En la recomposición participó Antonio Cánova, el mismo escultor que inmortalizó a Paulina Bonaparte, hermana de Napoleón, bajo la representación de la Venus Victrix.
Siempre será motivo de debate la cuestión sobre cuánto de Cánova hay en el Laocoonte, es decir, cuanto del restaurador queda en una obra quebrada y rehecha. Canónicamente atribuida a tres escultores rodios, Agesandro, Polidoro y Atenodoro, uno se pregunta cuánto de ellos hay en la obra que ahora podemos contemplar en los Museos Vaticanos. Cánova, de hecho, hizo una copia del Laocoonte en la que recreaba uno de sus brazos, que se encontraba perdido y que, casual y milagrosamente, fue encontrado en 1905 en una vieja tienda de Roma. Nunca sabremos si acaso recreó algo más tras el percance de 1815...
Existe, hablando de la autoría de esta obra, una teoría que adjudica su creación al propio Miguel Ángel Buonarrotti, quien la habría creado y dejado enterrar a instancias del papa Julio II. La fiebre por las antigüedades en el Renacimiento y el gusto por estas del papa hubieran justificado la urdimbre de este plan que, de ser real, constituiría uno de los engaños más monumentales, nunca mejor dicho, de la Historia del Arte.
Miguel Ángel había dado forma al David apenas un año antes. Julio II lo recibe y comienza el plan:
- Escucha bien, Miguel Ángel. Ese David colosal es una obra excelente, prodigiosa. ¿Harías alguna obra para mí? Eso sí, no puedes decir que es tuya. La enterraremos y diremos que es una Antigüedad. Multiplicaría así su valor y su belleza, sin duda. Tu silencio, por supuesto, será bien pagado, y habrá de ser eterno...
Miguel Ángel calla mientras los pensamientos se acumulan en su cabeza. La indignación por el desprecio a su figura de artista combate con la seductora idea de burlar a la Historia a cambio, además, de un buen dinero...
- ¿De cuánto hablamos? -contestaria, finalmente.
lunes, 17 de mayo de 2021