Durante gran parte del siglo XVIII, Johann Joachim Winckelmann fue el principal admirador y defensor del concepto más idealizado del "espíritu griego". En su opinión, este estaba imbuido de una "noble simplicidad" y una "serena grandeza" que se observaba en las obras de arte que habían dejado para la posteridad, y que era extrapolable a una forma de ser y de sentir de toda una civilización poseedora de un "alma grande y serena".
Por ello, diría Winckelmann, Laocoonte no grita mientras las serpientes lo devoran a él y a sus hijos, sino que emite un gemido contenido. Ello es claramente observable en el grupo escultórico encontrado en 1506 bajo la tierra de Roma, y contradice lo expresado (¡qué vulgar!) por Virgilio en su Eneida.
Por ello, diría también Winckelmann, Príamo no se disuelve en lamentos, sino que acude, sereno, a recuperar el cadáver de su hijo del campamento aqueo; por ello, igualmente, Edipo es perfectamente consciente de ser un juguete del destino en manos de los dioses, provoca su propia ceguera y asume su destierro.
Por ello, digo yo ahora, no puedo imaginar a Winckelmann entregado a un comportamiento otro que aquel que representa el espíritu griego. Cuentan testigos que, cuando Winckelmann fue asesinado, cuando fue apuñalado por Francesco Arcangeli en aquel hostal de Trieste donde ambos se habían alojado y habían compartido su tiempo durante varios días, el erudito alemán gritaba, arrastrándose por la escalera mientras su asesino huía y él se desangraba: "¡Mirad lo que me ha hecho!". Sostengo, pues, que esto no puede ser cierto, y que Winckelmann, poseído por el modo de ser que tanto admiró, debió de contemplar su herida, ver la sangré brotar y, con un "alma grande y serena", en silencio y con sobriedad, confiar a los dioses su destino final.
miércoles, 12 de mayo de 2021