lunes, 10 de mayo de 2021

Gloria eterna en la isla Efímera

     Todos conocían la extraña maldición que pesaba sobre la isla Efímera desde tiempos inmemoriales. Ofensas contra los dioses, cometidas por reyes ya pasados, habían condenado a la isla y sus habitantes, que solo se hacían visibles durante diez horas cada diez años, desapareciendo a continuación.

    La tradición había instituido que durante esas diez horas, en las que la isla Efímera se aparecía, tuviese lugar el celebérrimo torneo en el que caballeros llegados de todo el mundo medían sus fuerzas y valor en distintas justas, duelos y pruebas de habilidad. Los vencedores pasaban a los anales de la historia, y su honor permanecía inmaculado hasta el siguiente torneo, diez años después.

    Eso sí, el caballero vencedor tenía la obligación de quedarse en la isla cuando esta desaparecía. Para corroborar esta obligación todos los caballeros hacía un juramento antes de comenzar los torneos.

    Nunca se supo qué era de la isla durante el tiempo en el que permanecía en el limbo de las tierras desaparecidas. Sus habitantes nunca lo confesaron. Evitaban, de hecho, hablar sobre el tema. Algunos volvían a aparecer a los diez años, con los estragos propios del paso del tiempo. De otros no se volvía a saber, de lo que se deducía que habían fallecido durante el periodo de desaparición de la isla.

    Ningún caballero vencedor, por cierto, volvió diez años después, ni para revalidar su título, ni para coronar a su sucesor, ni para contar su experiencia durante los años anteriores. La causa de que esto fuera así permaneció siempre desconocida.

    Este hecho no mermaba, cada diez años, la presencia masiva y el ansia de victoria de los caballeros. Puede que la victoria les condenara a una vida breve, puede que a la desaparición instantánea; no obstante, su nombre y sus hechos quedaban inscritos para siempre en el libro de los gloriosos vencedores de los torneos de la isla Efímera. Y ello parecía razón suficiente para eclipsar cualquier otra consideración.