Nunca se había sentido tan culpable como en aquel momento, sentado frente al escritorio, en el que se disponía a abrir y leer el diario secreto de otra persona.
¡Cuánto le había costado conseguir la llave! ¡Qué angustia, qué tensión, mientras la robaba del llavero de su dueño! Porque aquello, en efecto, era robar, robar la llave como se disponía también a robar los pensamientos y las confidencias escritas en aquel pequeño cuaderno.
Ahora, sabiendo que su dueño no se había percatado de la desaparición de la llave, y que estaría ausente durante unas horas, los nervios lo devoraban. Sabía que pisaba terrenos pantanosos, que iba a cruzar, había cruzado ya, de hecho, una línea desde la que ya no habría camino de retorno.
Quien asesina una vez, será un asesino para toda la vida.
Temblando por un sentimiento muy parecido al miedo, introdujo la llave en la cerradura. La giró, y el pequeño cerrojo se abrió, dócil, dejando al descubierto unas páginas inermes, frágiles como pétalos caídos.
Pasó rápido las páginas, una tras otra. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar, con espanto, que las páginas estaban vacías. Ni una palabra había sido escrita sobre aquel campo virgen de líneas paralelas.
El hecho de que su plan hubiera fracasado, de no haber descubierto ni uno solo de los secretos que venía a desentrañar, no disminuyó su sentimiento de culpa.
De hecho, lo acrecentó.
domingo, 7 de agosto de 2022