martes, 16 de agosto de 2022

La sátira

    El poeta satírico recibió un sobre. Sería, pensó, una nueva carta de un admirador, asombrado con su audacia, su fino sentido del humor y su mordaz espíritu crítico.
    La verdad es que la publicación de sus sátiras en el periódico local había supuesto un auténtico fenómeno literario. Todos estaban encantados con su capacidad para ridiculizar modelos sociales que, por qué no decirlo, abundaban por doquier: el vividor, el soberbio que cree saberlo todo, el que piensa que tiene algo interesante que contarle al mundo, el materialista, el superficial, el inculto. Todos eran caricaturizados en sus sátiras. Todos, claro, sin dar nombres. Porque el lector se encargaba de identificarlos, a veces de identificarse a sí mismo, y eso le hacía parte activa de la creación y el desarrollo de la sátira.
    El poeta satírico, pues, abrió la carta con una sonrisa en los labios que, nada más comenzar a leer, se le fue borrando.
    No era un escrito de alabanza. Era un poema. Una sátira, para ser más exactos. No venía firmada, pero su título, "Sátira contra los poetas satíricos pagados de sí mismos", era esclarecedor.
    El poeta satírico fue leyendo, verso tras verso, invectivas contra los poetas satíricos que se creían dioses, contra quienes adoraban recibir alabanzas, contra quienes lo criticaban todo sin aceptar una crítica dirigidas hacia ellos.
    Cuando la leyó, el poeta cogió la carta y, como si le quemara las yemas de los dedos, la tiró en un cajón que cerró con llave.
    Ojalá aquellas palabras escritas no salieran de ese cajón jamás. Algo le decía, sin embargo, que ese horrible poema, de mal gusto y peor confección, se haría popular y se extendería como la pólvora...