Lo había trabajado durante años. Durante toda su vida, podría decirse. Ahora era un perfecto dominador, un maestro en el arte del insulto.
Lo ponía en práctica continuamente, y por todos los medios: analógicos y digitales, directos e indirectos, presenciales y a distancia. Cuando se ponía a ello, entraba en una especie de trance hipnótico tras el que no dejaba títere con cabeza. Insultos por aquí y por allá, por activa y por pasiva, insultos ingeniosos y de mal gusto, humillantes, despreciativos y ofensivos.
Le encantaba ver cómo los demás temían sus jaculatorias, punzantes y dolorosas. Lo mejor de todo, en cualquier caso, era cuando elegía, a veces al azar, una víctima determinada. Entonces lanzaba contra ella todo su arsenal, sin piedad, hasta que no solo quedaba arrasada su propia víctima, sino también su entorno.
En el arte del insulto él era, sin duda, el más virtuoso.
Un día salió a la calle, y la encontró particularmente vacía. Tenía que hacer unas compras, así que se dirigió al supermercado. Allí no había nadie. Todo estaba en orden, todo estaba en funcionamiento. Faltaba, tan solo, la gente. Como la situación le resultaba sumamente extraña, hasta el punto de empezar a inquietarle, intentó llamar a alguien. Pero cualquier llamada era coronada con una ristra de insultos.
Dedujo que insultar a alguien no era la mejor manera de atraer la atención de nadie, así que lo intentó de forma educada. Nada. No había frase limpia que pudiera salir de su boca. Todo eran insultos. Intentó explicarse a sí mismo lo que le estaba sucediendo, pero se insultaba. Pidió socorro, pero lo hizo entre insultos. Pensó en llamar a la policía, pero supuso que acabaría detenido cuando los insultara, y desistió.
Comenzó a desesperarse, a llorar, pero el llanto se tradujo en una ristra de palabras malsonantes que, entre lágrimas, descalificaban al mundo, al destino, al léxico, a su incapacidad y al ser humano, en general, por su mera existencia.
Decidió volver a casa y no salir en un buen tiempo. Más o menos al mismo tiempo se dio cuenta de dos cosas: de que, definitivamente, se había olvidado de hablar sin insultos; y de que la gente no había desaparecido, sino que se escondía de él, con la intención, quizá, de evitar ser insultada de forma gratuita.
Intentó calmarse y analizar fríamente la situación, pero sus reflexiones estaban tan pobladas de descalificativos que parecían expresadas en una lengua de otro mundo, creada por una mente no humana.
jueves, 26 de enero de 2023