Cuentan que una vez tuvimos un astro que giraba a nuestro alrededor. La Luna, lo llamaban. Era blanca, redonda, luminosa. Aparecía para saludarnos por las noches. Unas veces, esquiva, se ocultaba entre las nubes; otras veces, tímida y coqueta, asomaba ligeramente, mostrando parte de su rostro, como si quisiera espiarnos. Pero lo mejor eran las noches en las que se mostraba enorme y esplendorosa. Entonces las noches se iluminaban como días y la Luna, orgullosa de nosotros, nos contemplaba como una madre.
Cuentan que la Luna era dócil, noble y fiel. Que siempre nos seguía, girando a nuestro alrededor, sin alejarse más de lo necesario. Hasta que decidió irse.
Algo debimos de hacer mal. La Luna, probablemente, se hartó de nosotros. Nos contempló y acabó tan decepcionada que decidió hacer las maletas. Y se fue.
Todavía se la vio alejarse, poco a poco, durante meses. Cada vez más pequeña, cada vez más ausente, hasta que no fue más que un punto en el cielo, y luego fue la nada.
El cielo nocturno, ahora, es más oscuro, más solitario, más desalentador. Como el ser humano.
miércoles, 1 de febrero de 2023