jueves, 19 de enero de 2023

La estatua maldita

      En cuanto entró en el Sancta Sanctorum se sintió invadido por una oleada de estímulos. La escasez de luz, el olor a cerrado, el polvo depositado pacientemente sobre esos objetos sobre los que nadie, en siglos, había posado sus dedos.

    Pensó en esos sacerdotes timoratos que pretendían prohibirle la entrada. Alzaban las manos con indignación y hacían aspavientos. "Sacrilegio", decían. "Dios enfadado". Ellos y todas las generaciones que les habían precedido se habían guardado de entrar en el recinto sagrado por unas vulgares supersticiones. Peor para ellos.

    Gracias a ese miedo primitivo él estaba allí, entre aquellos tesoros vírgenes de belleza prístina. Candelabros y cálices dorados que refulgían a la luz de la linterna; excepcionales trabajos de taracea sobre mobiliario antiquísimo; códices manuscritos de valor incalculable.

    Algo llamó su atención. Un objeto cuidadosamente envuelto en telas sujetas por un cordel. Era de mediana estatura, y se erguía sobre el suelo junto a un escritorio de madera de cedro.

    Guiado tanto por su curiosidad como por la necesidad de inventariar cada objeto descubierto, comenzó a desenvolverlo. Los paños de tela iban cayendo al suelo, rígidos y ajados por el paso de los siglos. Finalmente, cayó el último paño y pudo contemplar el objeto tanto tiempo oculto.

    Era una maravillosa estatua del Dios. De algo más de un metro, mostraba un realismo en los rasgos y unos detalles en las vestiduras que lo convertían en una pieza excepcional. La figura levantaba una mano como si fuera a agarrar algo, y en su rostro se dibujaba una mueca extraña, grotesca, que parecía mostrarlo como un ser furioso o airado.

    El material en que la estatua estuviera realizaba se tornaba difícil de identificar en tales condiciones, así que acercó la mano para tocarla. Entonces sucedió.

    La estatua le agarró la mano, abrió una boca enorme y mordió el brazo con tal fuerza que se lo arrancó a la altura del codo, con hueso y todo. Luego sonrió e inició una carrera hasta escapar del recinto sagrado.

    Mientras se desangraba y perdía el conocimiento, él no pudo más que lamentar su error y comprender que, más que redescubrir al Dios oculto, había liberado al Diablo encerrado.