Contaban los anales que el Imperio cayó, y que le sucedió otro. Y luego, otro; y otro. Todos los imperios terminan por caer, parecía insinuar el cronista. Solo la gente permanece, se indicaba de forma implícita. La gente se queda, aferrada a la tierra, al burgo, al campo, a su labor y a su rutina diaria, mientras sobre ellos pasan los pueblos conquistadores, hordas de extranjeros que vienen, dominan, crecen, menguan, se debilitan y son vencidos por otros extranjeros que inician, de nuevo, el proceso.
Pero la gente también muere, apunta el cronista. Quienes ven llegar un Imperio no son los mismos que ven salir al siguiente. Son sus tataranietos, quizás. Pero los tataranietos no son como eran sus tatarabuelos, ni recuerdan las mismas cosas, ni tienen los mismos intereses.
Los imperios caen y son olvidados, solo quedan en los libros de historia. La gente también cae, también pasa y también es olvidada. Y estos, de verdad. Sin libros y sin registros. Con la crueldad y la severidad que imponen las circunstancias, el Imperio, al fin y al cabo, de la vida.
domingo, 5 de febrero de 2023