- ¡Coño, como El Principito!
Me han hecho ya tantas veces referencia al mismo personaje que empieza a tocarme las narices.
El caso es que no puedo hablar con los árboles, ni con los arbustos, ni con el césped o los hierbajos que voy pisando mientras camino por el parque. Afortunadamente, no es un don que se extienda a todo el reino vegetal. Solo a las flores, en su más canónica manifestación. Cuando la flor muere, el resto de la planta queda, en lo que a mí concierne, muda.
Pero no se crean que hablar con las flores es divertido, o agradable. Son unas pesadas, con esa voz chillona que se te mete en el oído. Y quieren hablar todas a la vez. Entrar en un campo de margaritas o de girasoles es, para mí, una auténtica tortura.
Tampoco se crean que son muy inteligentes. Las flores no tienen cerebro y no hablan de temas interesantes. Solo dicen bobadas, la verdad.
Por suerte vivo en la ciudad. Tampoco hay tantas flores aquí. Puedes esquivarlas sin alterar demasiado tu rutina, como se hace con los pelmazos a los que no quieres ver.
El Principito era un moñas, desde luego, y también decía bastantes bobadas. Pero en una cosa tenía razón: hay que estar muy desesperado, o muy solo, para echarse como amiga a una flor. Son bastante estúpidas.
jueves, 30 de marzo de 2023