Pero una cosa es encontrar papeles que ni recordabas haber dejado ahí dentro y otra, muy distinta y mucho más perturbadora, es encontrar un documento secreto de los servicios de espionaje, con su sello de "Alto secreto" y todo, un expediente clasificado en toda regla que yo no recordaba haber visto en mi vida.
A medida que leo las líneas que tengo ante mis ojos, estos se me ponen como platos. No doy crédito. Ahí, en el cajón de mi escritorio, donde nadie más tiene acceso, un secreto de Estado de dimensiones mayúsculas se revela ante mí, sin comerlo ni beberlo.
Empiezo a ponerme nervioso. A sudar. Noto que me falta el aire. Aunque sea mi estudio, aunque sea mi escritorio, aunque sea mi cajón, siento que yo no debería estar leyendo ese documento. Un extraño sentido del deber me pide que haga algo, que lo haga público, que les lleve el documento a las autoridades pertinentes; un lógico instinto de supervivencia me empuja, por el contrario, a cerrar el cajón y hacer como si nada hubiera pasado.
Hasta que el secreto de Estado se haga público. Hasta que todo estalle, y todos sepan lo que yo ya sé de forma clasificada.
Sé que queréis saber de qué se trata. Sé que queréis que lo cuente, que lo diga aquí y ahora, que me quite esta losa que me oprime. Pero tengo miedo. Yo solo estaba en mi escritorio, como todos los días, y abrí un cajón.
Ahora siento que me observan, y que mi vida pende de un hilo.
lunes, 20 de marzo de 2023