El tipo se acercó a su mesa cuando se disponía a comenzar el segundo vaso de vino. No lo reconoció, pero ya en su rostro se dibujaban los problemas. Resopló. Ya no te dejaban ni tomar unos vinos, tranquilo y en soledad, en el rincón más oscuro de la taberna más mugrienta de Madrid.
- Eres tú, ¿verdad?
Miró al tipo. No le sonaba de nada.
- No le conozco, caballero. Haga el favor de retirarse.
Haciendo caso omiso a la petición, el tipo puso una mano en la mesa y se acercó tanto que se hizo perceptible su aliento a licor.
- Pero conoces a la marquesa de Villalar, ¿verdad? Te la has tirado, ¿verdad? Pues yo soy su marido.
"Mierda", pensó entonces. ¿Otra vez? Estaba harto ya de maridos celositos que venían, espoleados por su orgullo varonil y no sé qué conceptos abstractos, como el honor y la honra, a buscarse problemas y a no dejarle tranquilo.
- ¿No tienes nada que decir, sucio bastardo?
Miró al tipo. El marqués de Villalar, supuso. Pensó en romperle la nariz de un cabezazo para, aprovechando su aturdimiento, salir de allí a toda hostia y no aparecer en un tiempo. Cuando quiso darse cuenta, el otro ya había sacado un guante de seda aristocrática y le había abofeteado con él.
- Te reto a un duelo, maldito seas. Elige el arma, el momento y el lugar, que acabaré contigo.
"Mierda", volvió a pensar. A veces, solo a veces, sentía que no merecía la pena conquistar a las damas. Otro duelo con un aristócrata despechado. Qué pereza...
jueves, 4 de mayo de 2023