Se suponía que plan era perfecto. Un golpe maestro, de esos que marcarían una época y pasarían a la posteridad.
Nunca un ladrón había trabajado con tal minuciosidad. Semanas comprobando entradas y salidas, cambios de turno, horarios, medidas de seguridad. Un lobo solitario capaz de calcular la frecuencia de asistencia del público, el tipo de caja fuerte, el modo de abrirla.
Ahora estaba allí, en mitad de la noche. Nadie sabía de su presencia, nadie le había descubierto. Podría entrar y salir como Pedro por su casa sin que su travesura fuera descubierta hasta el día siguiente.
Todo era perfecto, si no fuera por un pequeño detalle. No había billetes, sino oro. Y aquellos lingotes era demasiado voluminosos, y demasiado pesados, para la bolsa que llevaba consigo.
El lobo solitario se mesó los cabellos y maldijo su mala suerte y su estupidez. Tendría que irse con las manos vacías si quería que nadie se percatara de su entrada. Igual volvía la semana que viene, y esta vez con un remolcador.
El robo perfecto iba a prolongarse un poco más de lo esperado...
lunes, 8 de mayo de 2023