En los anales del lisboeta Museo de la Marina (Museu de Marinha), entre documentos centenarios que dan cuenta del comercio portugués con América y legajos sobre registros de embarcaciones militares y de pesca, se encuentra el siempre interesante archivo de buques perdidos, barcos siniestrados, y naufragios.
Aparecen ahí, conservados para la historia, los nombres de marinos y pescadores que, salidos a faenar o en ruta comercial, desaparecieron tragados por el mar, o cuyo cuerpo, en el mejor de los casos, fue arrojado por las olas a alguna costa perdida y allí encontrado de forma casual.
Encontramos entre ellos perlas de singular valor, pequeñas historias, protagonizadas por gente común pero dignas de ser contadas y recordadas.
Tenemos el caso del Abel Gomes, que se ató tan fuertemente a una tabla que no pudo desatarse, ni siquiera cuando los tiburones comenzaron a lanzarle dentelladas. Cuando llegó a tierra, era una amasijo de restos de carne pegada a huesos mordisqueados. Eso sí, atados a una firme pieza de madera.
O del "Lucerna", un buque cuya tripulación desapareció al completo, en plena travesía, sin causa justificada. Se diría que el buque iba a la deriva, pero lo curioso es que consiguió llegar a puerto y atracar con una maniobra perfecta. Nunca se han aclarado los misterios: ni el de la desaparición de la tripulación, ni el de la llegada a puerto.
O el de un tal João, cuyos apellidos se nos han perdido, que, en medio del naufragio, no encontró otra cosa a la que agarrarse que los restos de un ventanuco rodeado de cristales rotos. Murió desangrado por los cortes. Eligió morir desangrado, antes que morir ahogado.
Y es que, al fin y al cabo, en mitad de un naufragio, uno se agarra a lo que tiene a mano, siempre que te salve de morir ahogado, y aunque te provoque la muerte por otra causa.
miércoles, 17 de mayo de 2023