Se sintió tan grande, tan poderoso, que supo, de inmediato, que era el dueño y señor del mundo.
Miró a su alrededor. De momento, nadie lo sabía. Podría alzar los brazos, dar dos gritos y dejar las cosas claras, que todos supieran quién llevaba los mandos. Poder y autoridad. Podría arrodillarlos a todos, si quisiera. Arrasar a los improcedentes. Redistribuir a su gusto los espacios, las propiedades, las riquezas, los deberes y obligaciones.
Poder absoluto y autoridad máxima personificadas en el mismo ser. Él.
No obstante, y como los detentadores del poder absoluto ejercen, al tiempo, el evergetismo, decidió que lo más adecuado sería actuar con la discreción adecuada a alguien de su posición.
Sería cuestión de gobernarlos a todos, pero sin que ellos lo supiesen. Un plan genial.
Habría que encender un puro para celebrarlo, como hacen los grandes hombres...