- El asesino ya ha sido abatido -dijo.
Lo que no dijo es que lo había abatido él. Miraba al suelo, se encendía un cigarrillo con el final del anterior, parecía ausente, encerrado en sus pensamientos.
Le pusieron una mano en el hombro. Un hombro que el sintió como ajeno. "Buen trabajo", parecían querer decirle desde un mundo lejano.
- ¿Sabes qué? -añadió, finalmente, tras unos eternos segundo de silencio. - ¿Y si no era el asesino? A veces, lo evidente no es lo cierto.
Una brisa sopló desde algún lugar, dispersando el humo del cigarrillo. Lo que no dispersó fueron las dudas, que continuaron en su sitio, firmes como rocas.