"Va a pasar algo", pensó. Y lo dijo entre dientes, como un susurro efímero, con un silbido tenue que tratase de escapar de sus labios y agonizase en la huida. Pero lo dijo.
Tuvo que pasar bastante tiempo hasta rendirse a la evidencia y admitir que, en definitiva, sus presentimientos habían sido erróneos, que nada había pasado y que nada pasaría.
Mientras se hundía en el hastío, mientras se entregaba al tiempo, decidió que nunca más los llamaría presentimientos, ni vaticinios, ni corazonadas. Eran sólo ilusiones, tan frágiles como inciertas.
Y se diluyó en la más entristecedora monotonía...
miércoles, 2 de mayo de 2007
viernes, 27 de abril de 2007
Inflación
Al principio es una simple lengua inflada, un percance sin importancia. Si continúa la hinchazón, es la facultad del habla, tan sutil y tan delicada, la primera en notarlo. Al principio son imposibilidades simpáticas, las linguodentales suenan a chiste y las sibilantes se espesan.
Te empiezas a preocupar cuando tus capacidades lingüísticas quedan reducidas a un balbuceo irracional.
Luego se comienzan a obstruir las vías respiratorias. La lengua, hinchada como la de la una vaca, impide el paso del aire. La pinchas con agujas, como si fuera un globo lleno de aire que tras explosionar volviera a su tamaño original, pero no sucede nada de eso, en su lugar surge sangre. La hinchazón no disminuye y el sabor del líquido vital en la garganta te hace recordar a los moribundos de las películas de cine.
Dirías unas últimas palabras, pero esa maldita lengua kilométrica no muestra piedad alguna.
Cuando el aire deja de llegar al cerebro, todo se funde en negro, todo se apaga, incluida la hinchazón...
Te empiezas a preocupar cuando tus capacidades lingüísticas quedan reducidas a un balbuceo irracional.
Luego se comienzan a obstruir las vías respiratorias. La lengua, hinchada como la de la una vaca, impide el paso del aire. La pinchas con agujas, como si fuera un globo lleno de aire que tras explosionar volviera a su tamaño original, pero no sucede nada de eso, en su lugar surge sangre. La hinchazón no disminuye y el sabor del líquido vital en la garganta te hace recordar a los moribundos de las películas de cine.
Dirías unas últimas palabras, pero esa maldita lengua kilométrica no muestra piedad alguna.
Cuando el aire deja de llegar al cerebro, todo se funde en negro, todo se apaga, incluida la hinchazón...
lunes, 23 de abril de 2007
El castillo
"Mira ahí, ¿qué ves? ¿Y ahí?" "Árboles". En efecto, un sinfín de árboles de troncos larguísimos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, a ambos lados del sendero, colina arriba y colina abajo.
"Bien, pues piensa que detrás de cada árbol se esconde un duende, al acecho, dispuesto a atacarnos. Uno detrás de cada árbol, o dos, o tres, si han decidido subirse unos sobre los hombros de otros. El lugar, desde luego, es idóneo para una emboscada. Imagínatelos, corriendo todos hacia ti, cientos, miles, profiriendo gritos de guerra".
"¿Qué podemos hacer? Pidamos refugio en aquel castillo".
El castillo se sostenía en inverosímil equilibrio sobre un afilado risco. Llamaron a la puerta, y sus hojas sonaron como los tambores del infierno, frías, profundas. Nadié acudió a abrirles, aunque hubieran jurado percibir un rostro escrutador, unas cortinas en movimiento.
De la colina comenzaban a surgir voces.
"Bien, pues piensa que detrás de cada árbol se esconde un duende, al acecho, dispuesto a atacarnos. Uno detrás de cada árbol, o dos, o tres, si han decidido subirse unos sobre los hombros de otros. El lugar, desde luego, es idóneo para una emboscada. Imagínatelos, corriendo todos hacia ti, cientos, miles, profiriendo gritos de guerra".
"¿Qué podemos hacer? Pidamos refugio en aquel castillo".
El castillo se sostenía en inverosímil equilibrio sobre un afilado risco. Llamaron a la puerta, y sus hojas sonaron como los tambores del infierno, frías, profundas. Nadié acudió a abrirles, aunque hubieran jurado percibir un rostro escrutador, unas cortinas en movimiento.
De la colina comenzaban a surgir voces.
miércoles, 18 de abril de 2007
¿Eh?
El tipo era realmente extraño, pero extraño de verdad. Cada vez que yo hacía un comentario, respondía: "¿eh?" y callaba. Llegué a tomarlo como una afirmación más que como una interrogación.
Considero que mirar a la gente a los ojos cuando se habla con ella es una virtud de la que, efectivamente, carezco. Nunca lo agradecí tanto, en cualquier caso, como en aquella ocasión, pues cada vez que mi mirada furtiva y migratoria se detenía en el rostro de mi interlocutor este se encontraba haciendo muecas y guiñando los ojos compulsivamente, a modo de tic, como aderezo a sus silencios.
El caso es que hablamos durante horas, no sé si porque soy tan extraño como él o, simplemente, porque me gusta que me den la razón. Al final nos despedimos, ni siquiera me quedó muy claro si el tipo era real o era un androide, o una máquina de palomitas. Cuando le dije adiós, él respondió: "¿eh?".
Considero que mirar a la gente a los ojos cuando se habla con ella es una virtud de la que, efectivamente, carezco. Nunca lo agradecí tanto, en cualquier caso, como en aquella ocasión, pues cada vez que mi mirada furtiva y migratoria se detenía en el rostro de mi interlocutor este se encontraba haciendo muecas y guiñando los ojos compulsivamente, a modo de tic, como aderezo a sus silencios.
El caso es que hablamos durante horas, no sé si porque soy tan extraño como él o, simplemente, porque me gusta que me den la razón. Al final nos despedimos, ni siquiera me quedó muy claro si el tipo era real o era un androide, o una máquina de palomitas. Cuando le dije adiós, él respondió: "¿eh?".