miércoles, 30 de julio de 2008
La luz al final del túnel
No veo la luz al final del túnel. Me parece bien. Creo que me he acostumbrado a vivir entre tinieblas, a caminar por instinto, a respirar en la oscuridad. La luz, probablemente, me cegaría. De modo que sigo caminando sin saber muy bien hacia dónde. Hacia adelante, creo, aunque ni siquiera estoy muy seguro. Sólo sé que espero no encontrar esa luz de la que todos hablan y que casi nadie ha visto. Si la viera huiría espantado como una rata, y eso daría muy mala imagen. Además el final del túnel debe de ser un lugar horrible, tanta claridad, me lo imagino como un tremento abismo blanco, un pozo luminoso sin fondo, con lo cómodo que se encuentra uno al abrigo reconfortante de la total ausencia de luz...
jueves, 24 de julio de 2008
Como Christopher Walken en Annie Hall
Cada vez que viajo en avión, o en tren, tengo la misma catastrófica fantasía, la del tren descarrilando, la del avión estrellándose, la de pasar, en un solo segundo, de la calma a la histeria, y en otro, a la nada.
Es particularmente estremecedor el momento del aterrizaje del aeroplano, justo desde que toca el suelo hasta que se estabiliza. Entonces siento que estoy condenado, que todos vamos a morir, y tengo que elegir entre sufrir dolorosamente o regodearme en mi destino y disfrutarlo. Elijo lo segundo.
El personaje de Christopher Walken, cuando conducía y veía venir de frente un par de luces, sentía, en ocasiones, deseos de estrellarse contra ellas y acabar con todo. No es como el avión o el tren, cuando uno conduce ejerce su voluntad activa, y no la pasiva del pasajero. La de Christopher Walken, por cierto, es una fantasía que también me ocurre a mí de vez en cuando...
Es particularmente estremecedor el momento del aterrizaje del aeroplano, justo desde que toca el suelo hasta que se estabiliza. Entonces siento que estoy condenado, que todos vamos a morir, y tengo que elegir entre sufrir dolorosamente o regodearme en mi destino y disfrutarlo. Elijo lo segundo.
El personaje de Christopher Walken, cuando conducía y veía venir de frente un par de luces, sentía, en ocasiones, deseos de estrellarse contra ellas y acabar con todo. No es como el avión o el tren, cuando uno conduce ejerce su voluntad activa, y no la pasiva del pasajero. La de Christopher Walken, por cierto, es una fantasía que también me ocurre a mí de vez en cuando...
martes, 22 de julio de 2008
Los viejos rockeros han muerto
Los viejos rockeros han muerto, aunque ya hacía tiempo que su voz se había apagado, ya no había poemas que cantar porque los poetas habían muerto mucho antes, sí, los poetas murieron cuando se les acabaron las ideas, precisamente cuando murió la filosofía.
Y ahora los filósofos no tienen poetas que les lloren, ni los poetas tienen rockeros que les admiren. Y de los rockeros, claro, no se acuerda nadie.
Quizá quien dijo que el hombre pervivirá en sus obras se equivocaba. No lo hará, si todos han muerto.
Y ahora los filósofos no tienen poetas que les lloren, ni los poetas tienen rockeros que les admiren. Y de los rockeros, claro, no se acuerda nadie.
Quizá quien dijo que el hombre pervivirá en sus obras se equivocaba. No lo hará, si todos han muerto.
sábado, 19 de julio de 2008
La parada de los monstruos
A mi alrededor viven centenares de monstruos. Puedo observarlos cada vez que miro a las esquinas de mi casa, cada vez que paseo tranquilamente por la calle. Son horribles, espectrales, algunos se acercan a mí y me dan empujones, o se me ponen delante y obstaculizan mi camino. Otros, simplemente, me observan y me ignoran. Esos deben de ser los monstruos buenos.
Sé que no puedo hacer nada para combatirlos, son tantos que tal acción carecería de sentido. Cuando me miro al espejo, se colocan tras de mí y se deshacen en burlas y muecas que veo reflejadas en el cristal.
En realidad, pienso que el mundo está repleto de monstruos, miles de millones de ellos, pero la gente normal no puede verlos, y, sinceramente, creo que esta carencia les convierte en afortunados. Así pueden culpar al viento, o a la mala suerte, o a otros seres humanos de sus desgracias.
Durante un tiempo pensé que los monstruos eran imaginaciones mías, pero ahora no lo creo. Quizá los imaginarios sean los seres humanos, quizá mi mente los crea para evitar que me sienta solo, para tener consuelo y compañía, para que no se apodere de mí la desesperación de saber que soy la víctima de un ejército de monstruos que sólo me tienen a mí como diversión y que, cuando se cansen, acabarán conmigo como quien aplasta una cucaracha...
Sé que no puedo hacer nada para combatirlos, son tantos que tal acción carecería de sentido. Cuando me miro al espejo, se colocan tras de mí y se deshacen en burlas y muecas que veo reflejadas en el cristal.
En realidad, pienso que el mundo está repleto de monstruos, miles de millones de ellos, pero la gente normal no puede verlos, y, sinceramente, creo que esta carencia les convierte en afortunados. Así pueden culpar al viento, o a la mala suerte, o a otros seres humanos de sus desgracias.
Durante un tiempo pensé que los monstruos eran imaginaciones mías, pero ahora no lo creo. Quizá los imaginarios sean los seres humanos, quizá mi mente los crea para evitar que me sienta solo, para tener consuelo y compañía, para que no se apodere de mí la desesperación de saber que soy la víctima de un ejército de monstruos que sólo me tienen a mí como diversión y que, cuando se cansen, acabarán conmigo como quien aplasta una cucaracha...