Una inmensa y desierta explanada, yerma y seca, desprovista de cualquier atisbo de vida más allá del que pudiera proporcionar el caminante que buscaba en el horizonte, sin encontrarlo, algo distinto de una línea horizontal fría e infinita.
Tal vez si las fuerzas no estuvieran ya comenzando a decaer, si sus sandalias no se estuvieran deshaciendo en pedazos, si sus pies no gimieran de dolor cada vez con mayor patetismo... pero el horizonte impasible continuaba a la misma distancia.
Y el viajero, que no tenía consejero a quien confesar sus cuitas, que carecía de almohada con la que consultar sus dudas, cerró los ojos, apretó los dientes, dio un paso adelante, y luego otro, y a quién le importaba no llegar a ningún sitio si el camino recorrido había sido lo suficientemente largo como para sentirse orgulloso de él.
El mundo era un desierto tan vasto que buscar una chispa de vida era mérito suficiente, y encontrarla un auténtico milagro.
domingo, 8 de abril de 2007
domingo, 1 de abril de 2007
Lluvia metálica
Ya fue una sorpresa que cayera granizo, o que nevara en el pueblo por primera vez desde que todos teníamos memoria. Pero la gran diversión se produjo cuando comenzaron a llover batracios que invadieron nuestras calles, llenando a rebosar los parterres y haciendo imposible la circulación. Luego comenzaron a caer chuzos de punta. Caían a velocidad de vértigo, tenían alrededor de un metro de longitud y la punta de hierro que los coronaba se clavaba como arrojada por una fuerza titánica.
Destrozaron coches, carreteras, quebraron tejados y árboles. Era conmovedor verlos caer a través de la ventana. El fenómeno duraba ya tanto tiempo que las afiladas puntas poblaban las superficies como un felpudo. Las palomas, incapaces de posarse sobre la puntiaguda orografía, volaban confusas, con sus alas mojadas, hasta caer exhaustas sobre el lecho de fakir en el que se habían convertido las calles.
Un día salí, no recuerdo muy bien por qué razón. Una necesidad menor, en cualquier caso. Uno de los chuzos se clavó en mi cráneo. La sangre que manaba sobre mi frente me tapaba los ojos y velaba la realidad con un rojo intenso. Cuando me quise dar cuenta, mis pies se habían clavado al suelo, taladrados. Fue entonces cuando perdí la consciencia...
Destrozaron coches, carreteras, quebraron tejados y árboles. Era conmovedor verlos caer a través de la ventana. El fenómeno duraba ya tanto tiempo que las afiladas puntas poblaban las superficies como un felpudo. Las palomas, incapaces de posarse sobre la puntiaguda orografía, volaban confusas, con sus alas mojadas, hasta caer exhaustas sobre el lecho de fakir en el que se habían convertido las calles.
Un día salí, no recuerdo muy bien por qué razón. Una necesidad menor, en cualquier caso. Uno de los chuzos se clavó en mi cráneo. La sangre que manaba sobre mi frente me tapaba los ojos y velaba la realidad con un rojo intenso. Cuando me quise dar cuenta, mis pies se habían clavado al suelo, taladrados. Fue entonces cuando perdí la consciencia...
viernes, 30 de marzo de 2007
El curso del Leteo
Comenzó olvidándose de pequeños detalles, de datos concretos, de ciertas fechas y nombres de los miles que había ido almacenando en su mente durante años, como valiosos tesoros, como secretos personales e inconfesables.
Más tarde olvidó vivencias, situaciones. Que si tenía algo que hacer a tal hora, que dónde estuvo tal día.
El tiempo borraba su vida y la de aquellos que la rodeaban. Cuando los rostros comenzaron a difuminarse sus recuerdos se convirtieron en objetos ajenos, seres extraños e irreconocibles que hacían comentarios sin importancia.
Terminó por olvidar todos los datos, todas las experiencias, todos los rostros. Terminó incluso por olvidarse de sí misma, por olvidar quién era, por olvidar que alguna vez había existido y que poseyó una memoria.
Vivía en el presente, el pasado moría a cada instante.
Y no lo lamentaba. El pasado no duele si no se recuerda.
Más tarde olvidó vivencias, situaciones. Que si tenía algo que hacer a tal hora, que dónde estuvo tal día.
El tiempo borraba su vida y la de aquellos que la rodeaban. Cuando los rostros comenzaron a difuminarse sus recuerdos se convirtieron en objetos ajenos, seres extraños e irreconocibles que hacían comentarios sin importancia.
Terminó por olvidar todos los datos, todas las experiencias, todos los rostros. Terminó incluso por olvidarse de sí misma, por olvidar quién era, por olvidar que alguna vez había existido y que poseyó una memoria.
Vivía en el presente, el pasado moría a cada instante.
Y no lo lamentaba. El pasado no duele si no se recuerda.
lunes, 26 de marzo de 2007
Mens sana
Si un loco persiste en su locura, se convertirá en un sabio. ¿A cuántos individuos habrá el mundo tachado de locos para acabar elevándolos a los altares? El problema surge cuando estar loco se pone de moda, y los locos de verdad dejan de estarlo para tratar de sobrevivir en un entorno de demencia y sinsentido. En esos casos, cuando los locos son los cuerdos, los sabios comienzan a escasear, porque nadie llega a sabio sin un punto de locura, pero tampoco sin un punto de lucidez, y hay locos tan estúpidos que ni se plantean redirigir su locura.
¿Qué es un loco, un genio o un enfermo? ¿Ambas cosas o ninguna? ¿Una adorable ráfaga de aire fresco o una abominación de la mente humana?
Desde luego, últimamente los genios no aparecen y el aire ya no genera ráfagas sino estancos viciados...
¿Qué es un loco, un genio o un enfermo? ¿Ambas cosas o ninguna? ¿Una adorable ráfaga de aire fresco o una abominación de la mente humana?
Desde luego, últimamente los genios no aparecen y el aire ya no genera ráfagas sino estancos viciados...