lunes, 23 de abril de 2007

El castillo

"Mira ahí, ¿qué ves? ¿Y ahí?" "Árboles". En efecto, un sinfín de árboles de troncos larguísimos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, a ambos lados del sendero, colina arriba y colina abajo.
"Bien, pues piensa que detrás de cada árbol se esconde un duende, al acecho, dispuesto a atacarnos. Uno detrás de cada árbol, o dos, o tres, si han decidido subirse unos sobre los hombros de otros. El lugar, desde luego, es idóneo para una emboscada. Imagínatelos, corriendo todos hacia ti, cientos, miles, profiriendo gritos de guerra".
"¿Qué podemos hacer? Pidamos refugio en aquel castillo".
El castillo se sostenía en inverosímil equilibrio sobre un afilado risco. Llamaron a la puerta, y sus hojas sonaron como los tambores del infierno, frías, profundas. Nadié acudió a abrirles, aunque hubieran jurado percibir un rostro escrutador, unas cortinas en movimiento.
De la colina comenzaban a surgir voces.

miércoles, 18 de abril de 2007

¿Eh?

El tipo era realmente extraño, pero extraño de verdad. Cada vez que yo hacía un comentario, respondía: "¿eh?" y callaba. Llegué a tomarlo como una afirmación más que como una interrogación.
Considero que mirar a la gente a los ojos cuando se habla con ella es una virtud de la que, efectivamente, carezco. Nunca lo agradecí tanto, en cualquier caso, como en aquella ocasión, pues cada vez que mi mirada furtiva y migratoria se detenía en el rostro de mi interlocutor este se encontraba haciendo muecas y guiñando los ojos compulsivamente, a modo de tic, como aderezo a sus silencios.
El caso es que hablamos durante horas, no sé si porque soy tan extraño como él o, simplemente, porque me gusta que me den la razón. Al final nos despedimos, ni siquiera me quedó muy claro si el tipo era real o era un androide, o una máquina de palomitas. Cuando le dije adiós, él respondió: "¿eh?".

domingo, 15 de abril de 2007

El duelo

"Tu ofensa es imperdonable", me dijo. "Te reto a duelo". Entonces me dio un guantazo, pero no un guantazo normal, de los de mano abierta, sino un guantazo con el delicado guante de franela blanca del que se había despojado para la ocasión.
Y yo, tan pacífico, comprendí perfectamente las razones que llevaban a la gente de alcurnia a retarse en duelo por las ofensas más estúpidas e insignificantes. Es tanta la rabia que produce el guantazo, tan ingrato el tacto de la tela en las mejillas, que el perdón verbal deja de ser una opción.
"Elige arma", dijo. Y por encima de las pistolas o de los floretes seleccioné el arma más dolorosa. "Un duelo a guantazos", dije. "A muerte". "Mañana al amanecer, en el bosque, con padrinos, por supuesto". Y salí corriendo a buscar a mi padrino, y a buscar unos guantes. De boxeo, claro.

jueves, 12 de abril de 2007

De viaje por el Sistema Solar

No está tan mal, esto de viajar por el Sistema Solar. Hace sol, desde luego, pero eso parece algo consustancial al lugar en sí. En cualquier caso, a medida que te acercas a Plutón la intensidad de los rayos es menor.
Trato de figurarme que todo el camino tiene un paisaje lunar. Sí, en realidad es como la Luna, sólo que más verde, con más bosques y oxígeno, y con modestos surtidores de agua que colocan, hábilmente, cada tantos kilómetros.
Los selenitas, además, son afables. Algunos, incluso, saludan en su jerga indescifrable: "Grüezi!", dicen, y yo les respondo con la misma palabra. Parece que me entienden.
Se me ha rasgado mi mochila mágica y amenaza con tornarse inservible. He tenido que hacer un apaño con unas zarzas trepadoras, flexibles pero resistentes, que he encontrado a la altura de Urano. Fui a Pluton y ya estoy de vuelta. En el horizonte me espera el Sol.