Creo que me paso los días mirando al abismo. Es profundo, lo sé, y la caída sería, probablemente, infinita. Asomo la cabeza con timidez, y observo las profundidades, oscuras como la boca de un lobo.
Siento verdadera curiosidad por saber qué hay allí abajo. Quizá es mejor que lo de aquí arriba. Desde luego, es más oscuro. Me gusta la oscuridad. Tiendo, poco a poco, a arrimarme al borde. Primero hasta el cuello, con timidez. Después, hasta el pecho. Creo que las leyes físicas me harían caer si me asomara hasta la cintura.
Tal vez debería arrojarme, y punto. Ya llegaré al fondo, y si no me gusta lo que encuentro, ya tendré tiempo para subir; la constancia siempre ha sido mi fuerte, el optimismo, no.
¿Ascender desde el abismo? Sí, me gustaría, sería una de las sensaciones, a buen seguro, más placenteras de mi vida...
domingo, 17 de junio de 2007
miércoles, 13 de junio de 2007
Rayos y centellas
¿Pero cuándo uno de los dioses, el que esté de peor humor, va definitivamente a enfadarse con nosotros, con todos nosotros, por ser como somos, y nos va a lanzar una de esas maldiciones de magnitud bíblica y mitológica como las que lanzaban antes para acabar, de una vez y para siempre, con toda la humanidad?
Más no lo podemos haber merecido.
Quizá es que los dioses han terminado por aburrirse soberanamente con nuestras estupideces, y ahora han dejado ya de observarnos, o quizá aún peor, nos observan con desgana, porque no tienen nada mejor que hacer, y a sabiendas de que están perdiendo su valioso y eterno tiempo, como quien observa con sentimiento de culpa los insulsos programas televisivos del horario de tarde.
Si hace falta recoger firmas, conseguiremos millones; o haremos manifestaciones tan multitudinarias que las colas darán la vuelta al mundo; o ensayaremos gritos de protesta que harán enmudecer los coros celestiales.
Tan sólo pedimos lo que nos merecemos, el tan traído y llevado, el tan anhelado apocalipsis.
Más no lo podemos haber merecido.
Quizá es que los dioses han terminado por aburrirse soberanamente con nuestras estupideces, y ahora han dejado ya de observarnos, o quizá aún peor, nos observan con desgana, porque no tienen nada mejor que hacer, y a sabiendas de que están perdiendo su valioso y eterno tiempo, como quien observa con sentimiento de culpa los insulsos programas televisivos del horario de tarde.
Si hace falta recoger firmas, conseguiremos millones; o haremos manifestaciones tan multitudinarias que las colas darán la vuelta al mundo; o ensayaremos gritos de protesta que harán enmudecer los coros celestiales.
Tan sólo pedimos lo que nos merecemos, el tan traído y llevado, el tan anhelado apocalipsis.
domingo, 10 de junio de 2007
Una de dos
He desarrollado una capacidad poco común entre los de mi especie, un instinto que a buen seguro se encontró siempre en mi interior, de forma latente, y que ahora, al verse liberado, se desata en toda su grandeza.
Se trata de la capacidad de elegir siempre el camino equivocado.
Una de dos, izquierda o derecha, sí o no, arriba o abajo, el caso es que, por más que lo piense, que reflexione, que analice, siempre tomo el camino erróneo, más allá de las ciencias estadísticas, de las probabilidades del 50 por ciento, del veleidoso azar.
No hay muchos que puedan presumir de poseer tan rara cualidad.
Dirán que es sencillo, que ahora se trata simplemente de hacer lo contrario de lo decidido para actuar correctamente. En efecto, a partir de ahora, cada vez que llegue a la conclusión de que algo es lo correcto, haré justamente lo contrario. Así me garantizo el acierto seguro.
¿No les parece maravilloso? Tengo curiosidad por saber adónde puedo llegar con esta mi nueva filosofía de vida. Aunque, para ser sincero, también me gustaría saber por dónde me hubiera llevado el destino si hubiera permanecido seleccionando, siempre, la opción incorrecta.
Igual, de las dos maneras, llegaba al mismo sitio...
Se trata de la capacidad de elegir siempre el camino equivocado.
Una de dos, izquierda o derecha, sí o no, arriba o abajo, el caso es que, por más que lo piense, que reflexione, que analice, siempre tomo el camino erróneo, más allá de las ciencias estadísticas, de las probabilidades del 50 por ciento, del veleidoso azar.
No hay muchos que puedan presumir de poseer tan rara cualidad.
Dirán que es sencillo, que ahora se trata simplemente de hacer lo contrario de lo decidido para actuar correctamente. En efecto, a partir de ahora, cada vez que llegue a la conclusión de que algo es lo correcto, haré justamente lo contrario. Así me garantizo el acierto seguro.
¿No les parece maravilloso? Tengo curiosidad por saber adónde puedo llegar con esta mi nueva filosofía de vida. Aunque, para ser sincero, también me gustaría saber por dónde me hubiera llevado el destino si hubiera permanecido seleccionando, siempre, la opción incorrecta.
Igual, de las dos maneras, llegaba al mismo sitio...
jueves, 7 de junio de 2007
De cabeza
He perdido mi cabeza. Esta mañana, al mirarme al espejo, me he dado cuenta de que no la llevaba, y no sé muy bien dónde puede estar. Puede que anoche la dejara tirada en cualquier sitio, en un portal, quizás, lamentándose de su mal estado, tal vez ahogándose en vómitos, no sé, es que me desquicia cuando la oigo quejarse, siempre se está quejando, esta cabeza mía, creo que padece de hipocondría severa.
Voy a salir a dar un paseo, a ver si la encuentro. Si ha desaparecido definitivamente, tendré que acostumbrarme a vivir sin ella. Tampoco pasaría gran cosa, en ese caso, desde luego, la mayoría de la gente sobrevive sin una cabeza decente, y los que la tienen no suelen usarla demasiado, quizá dentro de unos días ya no la eche de menos...
Voy a salir a dar un paseo, a ver si la encuentro. Si ha desaparecido definitivamente, tendré que acostumbrarme a vivir sin ella. Tampoco pasaría gran cosa, en ese caso, desde luego, la mayoría de la gente sobrevive sin una cabeza decente, y los que la tienen no suelen usarla demasiado, quizá dentro de unos días ya no la eche de menos...