martes, 31 de julio de 2007

Son tantos y están tan cerca...

Imposible protegerse. Te escondes en un lugar que parece seguro y esperas a que pase la avalancha. Oyes un estruendo ensordecedor que te hace temblar de la cabeza a los pies, y cuando disminuye, cuando de fuera sólo parece llegar el silencio, asomas la cabecita con timidez, para examinar el terreno.
Pero todo está oscuro.
Surge entonces la duda de todo aquel que quiere huir de las masas, de su dirección teledirigida y de sus convicciones inducidas. ¿Salgo o no salgo? Tal vez todos han recobrado la cordura, y ahora son personas normales, y cada una busca su camino sin tener que seguir todas el mismo.
Puede que a la primera no salgas; puede que a la segunda tampoco. Pero de repente decides que ya ha llegado el momento, y abandonas tu escondite. La oscuridad no te deja ver, y cuando descubres que nada ha cambiado ya es demasiado tarde, son tantos y están tan cerca que la marea te arrastra como a uno más, y tú no estás de acuerdo, y te lamentas, pero no puedes evitar moverte, empujado, en su misma dirección.
Los de arriba, al verlo, sonríen y te encasillan como uno más...

jueves, 26 de julio de 2007

Consérvenme en un lugar fresco y seco

El lugar ideal sería una burbuja de metacrilato, o un campo de fuerza ingobernable. Así evitaría el calor veraniego y frío invernal, eludiría el contacto con la gente insoportable y podría ver el mundo desde la barrera, juzgando con la imparcialidad y la precisión de quien no se juega nada.
Y si el lugar fuese lo suficientemente fresco, y lo suficientemente seco, me encontraría tan a gusto que apenas precisaría moverme, y permanecería en aquel estado de completa beatitud por toda la eternidad, incorruptible, inconmovible, inaccesible.
Por favor, consérvenme en un lugar fresco y seco, les aseguro que, en tales condiciones, mejoraré con el tiempo.

martes, 24 de julio de 2007

El incomparable genio artístico

-¿Y qué vas a hacer a partir de ahora? -le pregunté a aquel tipo mientras apuraba los últimos tragos de una ginebra que me estaba sabiendo tan amarga como mi existencia.
- Pues a partir de ahora me voy a dedicar a componer en serio. Voy a componer una sinfonía, la sinfonía más perfecta y melodiosa que jamás haya imaginado la humanidad. En realidad ya la tengo en la cabeza, ¿sabes?, sólo me falta plasmarla, modelarla, convertirla en mi creación. Siempre estuvo ahí, saltando en mi interior, sonando con cada respiración, germinando y esperando su momento.
Le pregunté cuándo comenzaría, pero sus respuestas eran vagas, y mientras apuraba trago tras trago de un tequila horroroso me habló del poder de la música, de la hipnosis colectiva, incluso intentó esbozar un plan de conquista del mundo que se fue difuminando a medida que su lengua se paralizaba por el alcohol y su cabeza se nublaba por el humo de su tabaco negro.
Le dejé durmiendo sobre la mesa entre estertores de dipsómano. O quizá había perdido la consciencia, no sabría decirlo con claridad. El caso es que estoy convencido de que concluirá su sinfonía en cuanto se lo proponga, y de que será tan bella como él prevé.
Cuando recupere el sentido, claro. O quizá aunque no lo recupere jamás. Los artistas geniales son así...

domingo, 22 de julio de 2007

Caminar por el fondo marino

Diluvios por la mañana, diluvios por la tarde, diluvios durante la noche... En el país de los diluvios estos habían dejado de ser considerados una calamidad o una catástrofe natural para convertirse en lo más normal del mundo, y sus habitantes caminaban con total naturalidad bajo el manto de agua, y en aquel medio convivían.
Era un ejercicio supremo de adaptación al medio, desde luego, pero para ellos no suponía más que una forma de vida como otra cualquiera. Salir a la calle suponía mojarse, y mirar por la ventana ofrecía siempre el mismo panorama, las gotas de agua chorreando por el cristal.
Cuando un espeso mar lo cubrió todo, los habitantes del país de los diluvios descubrieron que era más útil caminar por el fondo que intentar flotar en la superficie, y hasta tal punto llevaron a la práctica su descubrimiento que cuando las aguas se retiraron lo lamentaron enormemente, y ellos mismos lanzaban agua sobre sus tierras, sobre sus cabezas, y trataban de aparentar que nada había cambiado, que lluvia seguía reinando.