Dicen que crear un personaje es algo casi divino. Surge como una abstracción a la que hay que dar forma, como un vacío que es necesario llenar de características que, en su conjunto, han de conformar un todo coherente. Una creación propia, una obra de Dios, en efecto, una personalidad que, como un mundo, hay que modelar, reprimir, expandir o liberar dependiendo del momento.
El problema de los personajes es que, en el momento en que son creados, cobran vida. Y ya los tienes a tu alrededor, pululando como fantasmas que necesitaran ajustarte las cuentas, y requieren cuidados, y quieren cambiar, y desarrollarse, a veces lo piden a gritos, gritos ensordecedores y, por consiguiente, molestos.
Y te persiguen hasta la muerte, siempre susurrándote al oído.
Como le sucede a Dios con sus criaturas.
En estos momentos están riendo a carcajadas, carcajadas de ultratumba.
jueves, 6 de septiembre de 2007
domingo, 2 de septiembre de 2007
El precio de la fama
Todos lo observaban expectantes. Se había hablado tanto de él, su fama había llegado tan lejos, tan alto, que sabía que cualquier gesto que deslizara, que cualquier palabra que pronunciara sería inmediatamente comentada y trascendentalizada hasta el absurdo.
Todos esperaban de él la genialidad, la muestra de ingenio desbordado que otros sólo alcanzan en ocasiones muy concretas, y eso no dejaba de parecerle una tremenda injusticia, una exigencia inmerecida sobre su propio comportamiento, un precio demasiado elevado por ser famoso, reconocido y admirado.
De modo que, ante el mar de rostros que trataban de escarvar en sus interioridades, de hacerse con sus pensamientos, él sólo cerró los ojos y se negó a hablar, no como un niño enfurruñado, no como un ser superior, sino con una actitud de calma y dignidad que procuró, para evitar malos entendidos, dejar patente.
Y entonces los presentes se levantaron en un murmullo de admiración, en un gesto de asentimiento y en un aplauso atronador ante el silencio tan significativo de aquel personaje singular. Su fama estaba bien ganada, desde luego así lo pensaban todos, pues sus cualidades para sorprender a su auditorio e indagar en los deseos más ocultos de sus almas eran, desde luego, únicas.
Todos esperaban de él la genialidad, la muestra de ingenio desbordado que otros sólo alcanzan en ocasiones muy concretas, y eso no dejaba de parecerle una tremenda injusticia, una exigencia inmerecida sobre su propio comportamiento, un precio demasiado elevado por ser famoso, reconocido y admirado.
De modo que, ante el mar de rostros que trataban de escarvar en sus interioridades, de hacerse con sus pensamientos, él sólo cerró los ojos y se negó a hablar, no como un niño enfurruñado, no como un ser superior, sino con una actitud de calma y dignidad que procuró, para evitar malos entendidos, dejar patente.
Y entonces los presentes se levantaron en un murmullo de admiración, en un gesto de asentimiento y en un aplauso atronador ante el silencio tan significativo de aquel personaje singular. Su fama estaba bien ganada, desde luego así lo pensaban todos, pues sus cualidades para sorprender a su auditorio e indagar en los deseos más ocultos de sus almas eran, desde luego, únicas.
martes, 28 de agosto de 2007
El maravilloso reino de la muerte
Doblan las campanas a lo lejos. El sonido procede de la torre de aquella iglesia abandonada. ¿Por quién doblan? El púlpito está vacío, nadie predica las verdades de la fe. La nave central se llena de bancos en los que no se sientan almas que necesiten ser reconfortadas. Sólo en las paredes laterales cuadros oscuros observan con ojos curiosos.
Las campanas emiten un tañir melancólico de ausencia y dolor. Parece como si nadie las tocara, como si por sí mismas hubieran decidido hacer notar su presencia.
Me acerco. Soy el único ser vivo en los alrededores. Las campanas doblan por mí, y yo me preparo a recibirlas...
Las campanas emiten un tañir melancólico de ausencia y dolor. Parece como si nadie las tocara, como si por sí mismas hubieran decidido hacer notar su presencia.
Me acerco. Soy el único ser vivo en los alrededores. Las campanas doblan por mí, y yo me preparo a recibirlas...
viernes, 24 de agosto de 2007
Como un niño pequeño
No supo explicar muy bien por qué aquel día, al salir de su casa, de la casa de la que había salido cada mañana desde hacía más de diez años, la realidad le pareció distinta, las calles eran otras, otra luz, otras distancias, otras perspectivas. Aquella pequeña plaza, por ejemplo, no recordaba haberla visto nunca, y sin embargo no veía por ninguna parte el kiosko donde solía comprar el periódico los fines de semana.
No importaba, en cualquier caso. Se sabía el camino de memoria. Las calles podían haber cambiado, pero él iba a continuar torciendo a la derecha, subiendo hasta girar a la izquierda en la lavandería, continuando recto por la avenida principal hasta la rotonda grande y saliendo de esta a la izquierda, hasta llegar a su oficina.
Cinco minutos más tarde, sin embargo, cuando descubrió que se había perdido, cuando reconoció que no podía llegar al trabajo y que tampoco sabía cómo volver a casa, se arrodilló en un rincón y se puso a llorar como un niño pequeño. Las señoras que pasaban junto a él, con el carrito de la compra cargado hasta casi reventar, le miraban con curiosidad, y él hubiera pedido ayuda, a ellas o al policía que dirigía el tráfico, si no se hubiera apoderado de él aquel sentimiento de vergüenza y ridículo.
No importaba, en cualquier caso. Se sabía el camino de memoria. Las calles podían haber cambiado, pero él iba a continuar torciendo a la derecha, subiendo hasta girar a la izquierda en la lavandería, continuando recto por la avenida principal hasta la rotonda grande y saliendo de esta a la izquierda, hasta llegar a su oficina.
Cinco minutos más tarde, sin embargo, cuando descubrió que se había perdido, cuando reconoció que no podía llegar al trabajo y que tampoco sabía cómo volver a casa, se arrodilló en un rincón y se puso a llorar como un niño pequeño. Las señoras que pasaban junto a él, con el carrito de la compra cargado hasta casi reventar, le miraban con curiosidad, y él hubiera pedido ayuda, a ellas o al policía que dirigía el tráfico, si no se hubiera apoderado de él aquel sentimiento de vergüenza y ridículo.