sábado, 22 de septiembre de 2007

El ataque de los clones

Cuando su teléfono móvil comenzó a sonar en aquella gasolinera supo de inmediato que había cometido un error al no haberlo apagado unos segundos antes. Lo que nunca hubiera podido imaginar eran las dimensiones que este llegaría a alcanzar.
Observó al dependiente de la gasolinera como el niño que se siente culpable y espera la merecida reprimenda, pero el rostro de este más que reproche reflejaba terror y su dedo índice señalaba, como una información tardía y ya inútil, la señal que prohibía conectar teléfonos móviles y dispositivos electrónicos junto a los surtidores.
Todo sucedió en unos instantes, de forma tan fugaz como inexplicable. Cuando se quiso dar cuenta, el móvil había emitido un par de tonos de llamada, la cuenta de los surtidores giraba alocada, las mangueras volaban y trataban de atacarle con movimientos de serpiente cobra e incluso el dependiente, que debía ser también electrónico, había sufrido un cortocircuito y giraba sobre sí mismo profiriendo alaridos y soltando chispas.
Pronto el altercado se extendería al resto de gasolineras, a las estaciones de servicio urbanas e interurbanas, el caos se instalaría en ellas y, cuando los surtidores comenzaran a avanzar con sus múltiples cabezas ofidias y se pasearan por las calles asaltando viandantes a diestro y siniestro, cuando se declarara el estado de excepción y el mundo se convirtiera en una lucha a muerte entre el hombre y la máquina, el inocente dueño del teléfono móvil que desató la apocalipsis agradecería, en el fondo, que el móvil hubiera sonado en una gasolinera y no en un avión...

martes, 18 de septiembre de 2007

No amenaces con algo que no puedes cumplir

En un momento de obcecación amenazó con levantarse de la mesa, y tardó bien poco en darse cuenta de su error. Los demás le miraron, diríase que movidos por la compasión. Él balbució algunas débiles palabras divagantes, bajó la mirada y no le quedó otro remedio que abandonar la sala o perder completamente la autoridad, la estima y el respeto de los que le rodeaban.
Mientras se alejaba se sentía ligeramente ridículo. Su orgullo, no obstante, permanecía intacto, lo cual le reconfortó. Pensó que la próxima vez que se enfadara amenazaría con destruir a sus interlocutores, su entorno, el mundo entero. Tal vez fuera una amenaza ligeramente exagerada, pero no había nada imposible para alguien que tiene como primer objetivo en su vida cumplir, indefectiblemente, su palabra, para bien o para mal.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Conmoción

Uno mira atrás y no puede evitar sentir un cierto vértigo, vértigo por los años pasados, por los momentos que fueron y ya no son, porque los recuerdos, al fin y al cabo, no son sino sombras inaprensibles.
Uno mira hacia delante, sin embargo, y la sensación de vértigo no sólo no desaparece, sino que se acrecienta. Allí habita la oscuridad, un camino tenebroso que será transitado y se extinguirá antes de que quieras darte cuenta, una peregrinación que, oh dolorosa realidad, ni siquiera sabes cuándo ha de acabar. Tal vez mañana, tal vez dentro de una infinidad. La incertidumbre provoca mareos, y náuseas, y malestar general.
Estar vivo es asomarse cada minuto a un abismo insondable. Ahora más que nunca. Mirar atrás no merece la pena, mirar hacia delante provoca un terror indescriptible. Mejor cerrar los ojos, dejarse atrapar por la conmoción de lo que debía haber sido y no fue y, en última instancia, entregarse a un placentero, por enajenador, estado de shock.

domingo, 9 de septiembre de 2007

La lucha contra el reloj

Le pregunté la hora porque dio la casualidad de que en aquel momento pasaba junto a mí, y porque me había olvidado el reloj en casa. Me dijo que no tenía hora, y cuando me vio observando el reloj que se agarraba a su muñeca con un gesto entre disgustado y sorprendido me lo enseñó diciéndome que no marcaba la hora, que tan sólo era un cronómetro que, por cierto, se encontraba funcionando en aquel instante.
Le volví a mirar, en este caso con extrañeza, lo cual le incitó a darme una explicación, supongo que en el fondo lo estaba deseando, y de ese modo me contó que el cronómetro marcaba el tiempo que le quedaba de vida. Corroboré, en efecto, que el cronómetro señalaba una cuenta atrás a la que aún le restaban unas 56 horas y 52 minutos, con algunos segundos que se evaporaban rápidamente.
Le pregunté qué haría cuando el cronómetro llegara a cero, y me dijo que qué iba a hacer, que para aquel momento ya estaría muerto, a lo cual yo asentí, ligeramente ruborizado por mi torpeza, y me interesé por saber qué haría hasta entonces. Él se encogió de hombros y me dijo que nada especial, que dejar pasar el tiempo, que para qué iba a hacer algo si después él ya no estaría para verlo.
Yo tenía una cierta prisa, y aún así le invité a tomar un café. Hay un cierto no sé qué, una especie de atracción intangible, que convierte en interesante y placentera la compañía de quien espera la muerte con la calma que esta se merece...