La verdad es que no se dieron cuenta de sus problemas de comunicación hasta que estos se hicieron evidentes. "No hay nada más preciado que el silencio", se decían. "Nos entendemos con solo una mirada", y se mostraban orgullosos de su capacidad.
En una ocasión pasaron dos horas frente a frente, a solas, sin decir palabra. En un momento determinado uno pensó que quizá convendría decir algo, pero no logró encontrar nada por lo que realmente mereciera la pena despegar los labios. Luego pensó que tal vez si mirara a la otra persona a los ojos conectarían de inmediato y acabarían aquellos momentos que, ahora lo percibía con claridad, empezaban a resultarle incómodos.
Miró a los ojos que tenía frente a él, en efecto. Y los encontró vacíos como las fauces del averno. Podría haber gritado en su interior y solo le hubiera llegado un eco extinguido de su propia voz.
Entonces, y sólo entonces, comenzó a preocuparse.
Trató de decir algo, pero estaba tan acostumbrado al silencio que sólo surgieron de su garganta unos balbuceos angustiosos, carentes de sentido.
viernes, 2 de noviembre de 2007
lunes, 29 de octubre de 2007
Miedo
Miedo a la muerte, pero también a lo que la vida nos puede deparar; miedo al dolor, por supuesto, pero también a que la ausencia de este sea el preludio de su llegada; miedo a los demás y a sus crueldades, aunque, igualmente, miedo a uno mismo y a sus posibles reacciones; miedo a la oscuridad y a lo desconocido tanto como miedo a la luz cegadora del conocimiento; miedo a lo que pueda pasar, y miedo a que lo que ya pasó pueda influirnos negativamente; miedo a tener miedo y ser cobarde, y miedo a no tenerlo y convertirse en un descerebrado temerario.
No sé si tengo más miedo a cerrar los ojos y entregarme a lo que pueda pasar, o a abrirlos y comprobar que, en efecto y como siempre, lo que ha pasado no era, en absoluto, aquello que yo esperaba.
No sé si tengo más miedo a cerrar los ojos y entregarme a lo que pueda pasar, o a abrirlos y comprobar que, en efecto y como siempre, lo que ha pasado no era, en absoluto, aquello que yo esperaba.
jueves, 25 de octubre de 2007
Consumación
Pensó que si con cada movimiento respiratorio, con cada espiración, con cada aliento que expulsaba se iba un trocito de él, entonces llegaría el momento en que se encontraría vacío, desinflado como un globo, y se extinguiría o, peor aún, quedaría reducido a un pellejo informe tirado en el suelo.
Así que recogía su aliento, esos trocitos de alma que se escapaban con cada cantidad de aire expulsado, y los guardaba en una caja. Cuando tuvo los necesarios, se recompuso a sí mismo, un doble hecho con el alma que a él se le iba a cada segundo.
Cuando se vio a sí mismo, o a alguien igual que él, salir de la caja, levantarse, sonreír y bajar a la calle a dar un paseo comprendió que, simplemente, se había convertido en un desalmado.
Así que recogía su aliento, esos trocitos de alma que se escapaban con cada cantidad de aire expulsado, y los guardaba en una caja. Cuando tuvo los necesarios, se recompuso a sí mismo, un doble hecho con el alma que a él se le iba a cada segundo.
Cuando se vio a sí mismo, o a alguien igual que él, salir de la caja, levantarse, sonreír y bajar a la calle a dar un paseo comprendió que, simplemente, se había convertido en un desalmado.
viernes, 19 de octubre de 2007
Se vive cuando se espera algo bueno, y si no se espera nada, no es una vida
¿Alguna vez se han levantado de la cama teniendo el día perfectamente planeado, hora a hora, casi minuto a minuto, con todas las obligaciones, los descansos, los encuentros e incluso las conversaciones detalladas en la mente a la perfección? Supongo que sí, unos con más frecuencia que otros, desde luego, pero todos solemos, en cierta medida, dedicar unos minutos, al final de la jornada, a recapitular lo pasado y planear lo futuro.
¿Alguna vez les ha sucedido que un día planeado termina por resultar completamente distinto a lo que debía ser? El día menos pensado, el más insulso. Cuando parece que todo está bajo control... ¡zas!, aparece el imprevisto, se muestran los imponderables, el azar juega su baza.
A veces los cambios son a mejor; a veces, la mayoría de las veces, a peor.
Y sin embargo uno tiene la sensación de que las pruebas están para superarlas, de que es necesario, imprescindible, hacer planes para luego comprobar que uno tiene, todavía, fuerzas para sobreponerse a su destrucción...
¿Alguna vez les ha sucedido que un día planeado termina por resultar completamente distinto a lo que debía ser? El día menos pensado, el más insulso. Cuando parece que todo está bajo control... ¡zas!, aparece el imprevisto, se muestran los imponderables, el azar juega su baza.
A veces los cambios son a mejor; a veces, la mayoría de las veces, a peor.
Y sin embargo uno tiene la sensación de que las pruebas están para superarlas, de que es necesario, imprescindible, hacer planes para luego comprobar que uno tiene, todavía, fuerzas para sobreponerse a su destrucción...