martes, 11 de diciembre de 2007

Castillos y más castillos

Comenzó construyendo castillos de naipes. Era divertido construirlos, pero eran, al mismo tiempo, efímeros, y cualquier leve movimiento, o cualquier soplo de aire, los derrumbaba inexorablemente.
Luego probó a construir castillos en el aire. Eran bellos, impresionantes allá, sobre las nubes, pero eran también irreales, y se desvanecían en una neblina ambigua y difusa.
También realizó castillos de arena, poblados de almenas y torres, de puestos de vigilancia y fosos que los protegían de todo menos de las inclementes olas del mar que, más tarde o más temprano, los cubrían y los reducían a cenizas.
Entonces decidió que nunca más. Que construiría un castillo enorme, en la cima de un cerro inexpugnable, con la piedra más dura, los torres más elevadas y el foso más profundo que se hubiera podido imaginar. Allí estaría en verdad seguro.
Eso pensó. Y cierto es que aquel castilló destacó en el horizonte durante años. Pero el tiempo pasó y la inmensa construcción terminó por ser un castillo en ruinas, no mucho mayor que los castillos de naipes, ni mucho más bello que los castillos en el aire, ni mucho más poderoso que un simple castillo de arena.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Diálogos de los muertos

Lo peor de que te entierren vivo es la asfixia. Y la claustrofobia. Tumbado boca arriba, con paredes acolchadas varios centímetros a tu izquierda y a tu derecha, una oscuridad total y un techo tan bajo que ni tan siquiera te permite levantar el brazo.
Cuando pasan varias horas y sigues respirando, sin embargo, empiezas a pensar que hay una fuga de aire. Entonces la claustrofobia y el miedo comienzan a extinguirse y oyes voces, las voces de otros enterrados vivos en tu proximidad. Y hablas con ellos porque no hay nada mejor que hacer.
Y dicen cosas interesantes. Te cuentan sus historias, sus alegrías, sus angustias. Supongo que cuando uno ha sido enterrado vivo tiene más tiempo para pensar, y por supuesto tiene cosas que decir.
Tratas entonces de aprender de los demás, aunque sepas que no te queda demasiado para morir de hambre. Estar enterrado vivo debe ser tan humillante que te muestras humilde, y reniegas del mundo de los vivos, ese que te ha expulsado de su seno antes de tiempo.
Cuando pasan varias semanas y sigues ahí, empiezas a pensar que quizá no estes vivo. Que nunca lo estuviste. Los que están a tu alrededor cuentan historias de siglos pasados, y algunos empiezan a comprender los mecanismos de la vida y la muerte, y hay quien predice con asombrosa precisión el mundo futuro.
Y llega un día en el que lo ves claro, te acomodas en tu ataúd y te preparas para hablar, y hablar, y pensar, y pensar, durante toda la eternidad...

jueves, 29 de noviembre de 2007

Leve descenso de las temperaturas

Cuando los termómetros se situaron por debajo de cero la gente conmenzó a abrigarse. "Será cuestión de esperar a que pase el temporal de frío", pensaron, y encendieron sus calefactores, y se tumbaron en el sofá tapándose convenientemente con una gruesa manta.
Días después la ola de frío no sólo perduraba, sino que las temperaturas habían descendido. Comenzaban a ser necesarias varias mantas y al menos un par de calefactores en cada salón.
Meses después, y ante el continuo recrudecimiento de las temperaturas, que alcanzaban mínimos históricos, comenzaron a suceder cosas extrañas y preocupantes. Se congelaba el agua en las cañerías, en los ríos y en las botellas. A todo el que respiraba se le helaba el aliento nada más salir de su boca, e incluso comenzaron a helarse las lágrimas de los que lloraban de frío. Las lágrimas heladas eran como pequeñas perlas brillantes, y las más hermosas, las que reflejaban mayor número de tonalidades de color, eran utilizadas como piezas de coleccionista y moneda de cambio en transacciones comerciales. No eran muchas estas transacciones, en cualquier caso, pues también se habían congelado los sueldos y, por consiguiente, la economía.
Pasaron años. Hubo a quien se le congelaron las ideas. Si eran buenas, eran expuestas en museos de ideas, para que los demás pudieran contemplarlas y compartirlas. Los frigoríficos pasaron a ser un elemento del pasado, y también los barcos, pues hubo quien llegó patinando desde Londres a Nueva York.
Eran tiempos duros. Pero nadie se quejó, nadie lamentaba las pérdidas, hacía ya tiempo que hasta las lágrimas heladas eran historia, pues ya nadie lloraba.
Se habían helado también los corazones.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Perder es perder

Había perdido tantas cosas en su vida, tantas cosas que había arriesgado, tantas que había puesto en juego; había perdido el contacto con mucha gente, consigo mismo, en ocasiones; había perdido las llaves, no una, ni dos, sino innumerables veces; había perdido un amor; no, varios; no, muchos; no, demasiados; había perdido amigos, y enemigos, había perdido los papeles, y un tornillo que debía encontrarse en su cabeza y que no había podido volver a encontrar.
Había perdido un reino, un mundo, mil vidas; había perdido tanto, tanto tiempo... y tantas, tantas oportunidades que podían haber sido definitivas...; había perdido el norte, el rumbo y la orientación, los había encontrado de casualidad y los había vuelto a perder.
Había perdido mucho. Mucho. Pero todavía le quedaban tantas cosas por perder...