domingo, 13 de enero de 2008

Cuando supo que podía detener el tiempo

Cuando supo que podía detener el tiempo no le dio mayor importancia. En realidad, tampoco se trataba de una facultad tan espectacular. Pensó que detener el tiempo consistía en convertir el mundo en una maqueta a tamaño natural en la que todos permanecieran inamovibles, como estatuas de cera. Pero no. Los demás continuaban con su labor, el tiempo no pasaba y ellos ni siquiera se daban cuenta. Tan sólo después, cuando el tiempo volvía a rodar, tenían la vaga sensación de haber hecho muchas cosas en poco tiempo, y eso les alegraba.
Él aprovechaba para pasear, para hacer recados. Nunca los días fueron tan largos, ni tan provechosos. Ni siquiera se sintió especial por ello.
Tampoco se sintió distinto al resto cuando se dio cuenta de que sabía volar, de que levitaba con el único poder de su mente. Detenía el tiempo y se desplazaba volando de un lugar a otro, viajó a todas partes del mundo y ni siquiera le echaron de menos, pues siempre estaba en casa a la hora de la cena.
Sin embargo, cuando comprobó que podía viajar también en el tiempo, visitar el pasado e incluso el futuro, empezó a pensar que, en realidad, era posible que tuviera un don, y que no era plan de malgastarlo en viajes de placer y ocios gratuitos...

miércoles, 9 de enero de 2008

La ciudad que tosía

La ciudad tosía sin parar. Todos sus habitantes, desde el anciano que se sentaba cada mañana en el banco del parque hasta el ermitaño que habitaba al otro lado de la colina, se retorcían cada pocos segundos en toses compulsivas en una sinfonía discordante que amenazaba con sepultar la ciudad bajo una nube de vaho tóxico, de virus contagioso.
Pero es imposible volver a contagiar a un contagiado.
Esto pasará pronto, decían los más optimistas, ya pasó algo así hace 60 años, decían los más viejos del lugar, y tan solo el farmacéutico de la ciudad se retorcía las manos pensando en su propio beneficio. Y después tosía, él también.
Pero ni antibióticos, ni anticatarrales. Varias generaciones después ya nadie recordaba que en esa ciudad, que se había convertido en la ciudad de la tos, a la que acudían científicos y curiosos de todas partes del mundo para estudiar tan singular fenómeno, en esa ciudad donde todos, desde el nacimiento a los últimos estertores de la muerte, tosían sin parar, en esa ciudad hubo una época en la que la tos no era más que una alteración pasajera de la salud...

sábado, 5 de enero de 2008

La chispa en la oscuridad

Noche oscura, silenciosa, tan silenciosa que se diría que la oscuridad ha absorbido todo rastro de vida. Casi lo agradeces. El mundo parece muerto, más muerto aún cuando abres los ojos y tu alrededor está tan negro como el infinito, y no hay quien te moleste con sus voces y sus impertinencias.
Sientes que te observan, y no importa, de hecho llega a ti la sensación de que eres tú quien te observas a ti mismo, tú en algún lugar exterior, tú con una sonrisa de complacencia.
De repente se enciende una chispa, y todo cambia de forma repentina, mil hipótesis se apelotonan para entrar en tu mente, y esta se abre para recibirlas como una madre acogedora. Saltarías de alegría y gritarías de placer de no ser porque prefieres guardar silencio, sí, que todo siga en silencio, que reine la oscuridad para siempre.
Y que el mundo siga muerto.

miércoles, 2 de enero de 2008

El gabinete del Doctor Caligari

Uno de mis pacientes llegó el otro día contándome "una simpática pesadilla recurrente", como él mismo dio en llamarla. Una vez reconocida su naturaleza, he de afirmar que yo no la identificaría con una pesadilla, pues pese a su carácter retorcido y, en cierto modo, "antinatural", no provocaba en el paciente la menor sensación negativa, ni dolor, ni miedo, ni angustia. A decir verdad, ni siquiera podría calificarse, en propiedad, como un sueño, pues no se producía durante el período estricto de inconsciencia onírica, sino en el leve pero productivo espacio de tiempo previo a este y que podríamos llamar "duermevela".
Sucede que mi paciente, quizá debido a la relajación propia de los músculos anterior al sueño, se percibía víctima de un cruel asesino descuartizador, alguien desconocido que le troceaba mientras él yacía en la cama, con un hacha u otro instrumento cortante, siempre de abajo hacia arriba. Primero, los tobillos; luego las rodillas; luego, las piernas. La sensación era tan real que mi paciente podía incluso llegar a notar la sangre brotando a chorros de sus heridas y esparciéndose por las sábanas.
Y lo más curioso era que el hecho de ser descuartizado no provocaba en mi paciente temor alguno, ni dolor, más bien al contrario, una sensación de sosiego y placidez más propia del reposo en calma que del asesinato salvaje.
Me dijo mi paciente que quería acabar con aquel sueño desagradable. "¿Por qué?", le pregunté. "¿Acaso no me ha dicho que le reconforta?". Pero él insistió. Hay quien tiene miedo de su propia mente. Así que até a mi paciente al diván, me dirigí al armario y, haciendo caso omiso a lo que ahora se habían tornado llantos y súplicas, saqué de él el hacha que guardo para momentos como aquel. Siempre me encantó hacer realidad los sueños de mis pacientes...